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4 de jun 2018

Andrea Honores sufrió placenta previa oclusiva, enfermedad que produce graves complicaciones durante el parto.

Andrea Honores (35) es dueña de casa y vive en la tercera región. Había tenido tres embarazos muy buenos, sin complicaciones. Pero, con su cuarto hijo le diagnosticaron una grave enfermedad: placenta previa oclusiva. Una patología que se da cuando la placenta está ubicada sobre el cuello del útero, lejos de su lugar habitual. 

Durante un control de ecografía, el médico se percató que existía esta alteración en la placenta, llamada acretismo. “El doctor me dijo que, si quería seguir viviendo, debía ir a Santiago a un centro de alta complejidad, porque de lo contrario podía morir en el parto. Fue un momento donde sentí mucha angustia y miedo. Se me pasaron muchas cosas por la cabeza, pero lo más terrible era pensar que podía dejar a mis hijos”, explica Andrea. 

Andrea viajó desde Vallenar con su familia en busca de un centro de salud que les diera confianza y seguridad para enfrentar este complejo embarazo. “Encontrar un especialista fue muy difícil y en algunos lados nos cerraron las puertas, pero desde el minuto que llegué a la Clínica supe que era el lugar y el doctor adecuado. Me sentí muy aliviada”, cuenta Andrea.

“Gracias a una resonancia magnética, detectamos que la placenta estaba adherida en forma exagerada al útero, de tal magnitud, que no se podría separar en el momento del parto. Esto se llama acretismo y tiene una serie de graves complicaciones”, explica el Dr. Masami Yamamoto, ginecólogo de Clínica Universidad de los Andes.

Cuando esto ocurre en un embarazo, la madre corre el riesgo de presentar una hemorragia masiva, incluso, de que el útero se rompa durante el parto. Es por esta razón, que debe realizase una cesárea muy compleja. Para la intervención de Andrea, se requirió de la presencia en pabellón de un equipo multidisciplinario y de un plan preciso de cirugía. “Una vez que sacamos al niño del útero, los radiólogos intervencionales prepararon las arterias iliacas con balones inflables para disminuir la irrigación uterina y los  urólogos  se encargaron de preservar los uréteres para que no se dañaran durante la cirugía.  Ese apoyo permitió que el control de la hemorragia fuera muy satisfactoria, tanto así que no se requirió transfusión sanguínea, ni que la paciente pasara por la Unidad de Paciente Crítico”, señala el Dr. Yamamoto. 

Simón nació de 36 semanas y pesó casi tres kilos. “Si bien en un principio todo fue muy difícil y estaba muy asustada, estoy feliz porque todo salió bien”, comenta Andrea. 

Tras una semana de hospitalización, madre e hijo volvieron a Vallenar para disfrutar en familia.  “Estoy muy contenta porque estamos  nuevamente todos juntos”, concluye. 
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